El 23 de octubre de 1956 se produjo en la capital de Hungría una insurrección popular, primero estudiantil, luego de campesinos y obreros, y por último intelectual. En realidad, fue en Polonia donde saltaron las primeras chispas de huelgas y manifestaciones contra el Gobierno durante el mes de junio. El malestar por las rápidas y duras represiones provocaron el desplazamiento de la masa crítica de Varsovia a Budapest. La petición estaba condenada a la imposibilidad: el restablecimiento de la democracia, la retirada de las tropas soviéticas, la rehabilitación de Lászlo Rajk (procesado y ahorcado injustamente por el régimen de terror estalinista). Cuando Montanelli envió su primera crónica desde Viena, el 29 de octubre, la revolución húngara había terminado su jornada con una carnicería: ráfagas de un tanque, enviado según los testigos por la policía secreta; una multitud desarmada contra ametralladoras y bombas de mano;  el suicidio de un coronel de la Honvéd que había suministrado armas a un grupo de estudiantes. Al leer los hechos descritos por Montanelli, cualquiera de las protestas retransmitidas actualmente por toda clase de pantallas nos resultan (independientemente de su legitimidad) hasta cierto punto ficticias, agotadas o incompletas.

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