pintura de Roberto Fabelo

Heriberto Duarte

Los petulantes gritan ¡salud! cuando el patrón estornuda. Le organizan las mañanitas a la señora de la limpieza. Salvan el mundo desde sus teclas diminutas con acceso a internet. Beben güisqui con popote.

Conocen el nombre del dueño del bar, pero nunca se han preocupado por saber que le duele. Cada poro les apesta y, sus cigarros siempre tienen un olor que nada tiene que ver con el tabaco.

Corrigen la ortografía de sus padres y se olvidan que ellos les enseñaron a caminar.

Se lavan las manos en las cantinas. Van a misa y luego se comen una nieve de vainilla. Adoran la idea de: licenciatura-casa-carro-novia-boda-hijos-vacaciones.

No orinan en las banquetas.

Los petulantes cuentan tres veces sus malas bromas y no toleran no tener la razón. 

Sin embargo son necesarios los petulantes. Porque a pesar de oler a azufre: fabrican la flauta para que el flautista toque pájaro chogüí. 


Cobran detrás de una ventanilla el recibo mensual de agua. Agua con la que la abuela riega el obelisco del patio. 


Porque también abrazan a sus perros y respiran del segundero de los días. Porque no heredan su hedor y han parido humanos fundamentales para muchos latidos.

Un día el Paco Toro me dijo algo que me cambió los días y por eso acepto a los petulantes, a los mentirosos, a los infieles, a los malos padres. Porque el Paco Toro bajo aquella sombra, arrojó desde su sabia boca ámbar campesina que: 

Las personas son como son porque así les funciona ser. No hay otro eje de rotación. No hay otro olor, no existe otra manera. Están ahí las petulancias y cuando no abrazo la libertad de ser,  el petulante soy yo.