Heriberto Duarte

La navidad de 1997 viví una noche que no he podido borrar de mi cabeza. Fue así. Todo normal. Afuera en la calle los cohetes dejaron de sonar temprano y todo se llenó de neblina. Los inviernos de siempre. La cena estuvo de lujo. La santísima trinidad: barbacoa, frijoles y sopa fría. Los abrazos, los parabienes. Los recuerdos, la nostalgia y el postre. Recogimos la mesa, buenas noches, besos y a dormir.

Me metí bajo la cobija para esperar que saliera el sol y correr a abrir con los dientes los regalos que me dejaría Santaclós. Pero en algún punto de la madrugada un ruido me despertó de pronto y me levanté a asomarme pero me devolví del susto. Era él ¡era Santaclós! en la cocina. Increíble. Tantas navidades mirando en vano al cielo esperando verlo volar con el trineo y los renos y Rodolfo y los regalos. Y ahora estaba ahí, en mi casa. Me tallé los ojos y volví a enfocarlo. Me pellizqué tres veces el brazo pero si me dolió. No estaba soñando. Mi mamá estaba con él. Platicaban y picaban con los dedos las ollas comiendo sobras de la cena y se reían cómplices. Me hice más chiquito y me escondí detrás del librero de la sala. Y lo vi todo con medio ojo.

Santaclós se puso de rodillas y le empezó a besar las piernas a mi madre, debajo de un vestido verde. Verde Navidad. Se paró y la giró sobre la barra y le besaba la nuca y le jaló la cola de caballo alta que se había hecho esa noche. Yo me asusté un poco con ese jalón, pero ella se seguía riendo con él. Tenía una sonrisa tan rara que si mi padre hubiera visto lo que yo, mata al hijodeputa de Santaclós. Lo mata.

¿Pero qué puedo decir? Los regalos estuvieron de lujo al amanecer. Los mejores de mi vida. Una bicicleta, un ricochet, un traje de los power rangers y un par de trusas con dibujitos. Por eso mi papá aún no sabe nada de lo que vi.