Blasco miraba sentado en su silla la campiña castellana. Disfrutando de lo que podría ser su último vino, miraba el atardecer en el horizonte. El ama de llaves trajo una carta, pero Blasco la rechazó con cara de preocupación, ahora tenía cosas más graves en las que pensar, y las dejó a un lado.

El maldito Godoy había mancillado su honor, y esa misma noche de luna llena, se batiría en duelo contra él, a las afueras del cementerio. No habían convocado padrinos, ni jueces ni curas… Iban a ser el uno contra el otro. El arma elegida era la pistola, tres disparos acortando diez pasos con cada fallo.

Pese a que Blasco consideraba a Godoy una rata, debían de basarse en el código de los caballeros. Ambos eran hombres letrados de una sociedad del siglo XVII ya en decadencia. Según el código, solo podían llevar tres cartuchos de pólvora, tres balas de plomo y tres salvas. Solos Blasco y Godoy, cada uno podría ser el testigo y ejecutor de la muerte del otro. Ambos batiéndose en duelo singular por el derecho a cortejar a una sola dama.

Cuando los últimos rayos de sol iluminaban sus jardines, Blasco dio instrucciones al personal para que prepararan la casa para un funeral. Da igual que fuera el de él mismo o el de su oponente, porque el vencedor se encargaba del funeral con honores de su oponente en caso de vencerlo, o por lo menos, así estaba escrito en el código.

Entristecidos, sus sirvientes accedieron y bajo el más absoluto secreto, sin advertir a las autoridades, se pusieron a trabajar. Con tanto ajetreo, la luna estaba a punto de alcanzar su punto más alto de la noche. Era hora de ir a su encuentro.

Blasco preparó su caballo, y con un triste trotar, para no llamar la atención de las cuadras por donde pasaba, fue saliendo de la ciudad y tomando el camino del cementerio.

Era un caballero, no iba ni a llorar ni amedrentarse. Iba a ejercer su derecho como caballero que era. Al llegar, se extrañó. No se veía por ningún sitio el caballo de Godoy ¿Estaría llegando tarde? ¿Se habría retirado?... Imposible. Si alguien no acudía a un duelo, el estigma del cobarde le perseguiría de porvida, ya no sería un caballero. Godoy, como retador que fue, tenía que llegar antes que el retado. Así decía el código.

En apenas unos segundos, una brisa demasiado fresca trajo consigo una voz pegada en una esquina, por fuera del cementerio.

-¿Me buscaba, señor Blasco? -Dijo Godoy en la lejanía.

-Ya pensaba que no iba a venir, señor Godoy -Dijo Blasco desmontando.

-Ni muerto mancillaría así mi honor -Replicó Godoy.

Después de una tradicional inspección de las armas, en la que ambos participaban, un frío helador se apoderaba del lugar. Blasco comprobó que Godoy debía llevar mucho tiempo ahí, porque su arma estaba casi congelada al tacto.

Cuando la luna llegó a su punto más alto, y su luz se reflejaba en las escarchas formadas sobre las ortigas, ambos alzaron cada uno su arma y se colocaron espalda contra espalda. Treinta pasos se separaron el uno del otro. Ya en posición, cargaron sus armas. Primero la pólvora y luego una salva de trapo, todo ello fuertemente compactado con una bala de plomo, tal y como decía el código.

Pese a no hacer viento, la noche se tornaba cada vez más helada. El vaho salido de las narices de Blasco se condensaba espeso en el ambiente, en cierto modo eso le preocupaba, por si dificultaba su visión. También se dio cuenta que su contrincante no estaba exhalando vaho, eso quería decir que no estaba nervioso, y ya estaba aguantando la respiración para mantener el pulso al apuntar.

Tal y como decía el código, Blasco sacó su pañuelo, lastrado con una pequeña piedra, y lo lanzó al aire. En ese instante apuntó y aguantó la respiración. El segundo que tardó el pañuelo en aterrizar le pareció eterno. Veía como Godoy estaba como un témpano de hielo mirándole con los ojos muy abiertos.

Las deflagraciones se produjeron al unísono, iluminando por un instante el muro exterior del cementerio. Ambos duelistas seguían manteniendo su posición impertérritos, hieráticos… El olor a pólvora invadía el ambiente. El resultado estaba claro, Ambos duelistas, habían fallado su primer tiro.

No hizo falta mediar palabra. Tal y como decía el código, ambos duelistas levantaron sus armas y avanzaron diez pasos más cada uno, y ya en su posición, cargaron de nuevo sus armas.

La pistola de Blasco pesaba mucho, y tuvo que relajar el brazo para reunir fuerzas y ejecutar el segundo disparo. A esa distancia, Blasco era el mejor. Ahora, Godoy era el encargado de lanzar el pañuelo lastrado para dar la señal.

Blasco estaba más nervioso, pero más seguro de sí mismo. A cuarenta pasos no fallaba, iba a ser su momento. Su corazón estaba acelerado, ya se había puesto en posición con el brazo apuntando directo al corazón de Godoy. Eligió darle en el corazón, porque era el suyo propio el que estaba dolido.

Ahora, el témpano de hielo era Blasco, que concentrado miraba como Godoy lanzó el pañuelo y apuntaba. Al caer, las pistolas volvieron a tronar. Blasco sintió un frío extremo en medio de su pecho, pero no se movió ni un milímetro. Quería que la nube de humo, procedente del disparo, se disipara para ver el resultado. Godoy seguía ahí de pie, sin moverse… ¿Acaso había fallado? ¿Qué fue ese frío intenso que notó en su pecho? ¿Le habrían alcanzado?

Blasco no lo iba a comprobar. No le dolía nada, y sería aceptar que había perdido si comprobaba su integridad. No pudo evitar mirar de reojo, por si estaba sangrando, pero no fue así. Simplemente su chaqueta y pañuelos se estaban escarchando. Seguramente porque absorbían el sudor de sus nervios y hacía un frío congelador esa noche de luna llena.

Pese a toda la amalgama de pensamientos cruzados de Blasco, el código dictaminaba que tenían que acercarse diez pasos más, con las armas en alto. Y así lo hicieron. Después de la carga, tal y como decía el código, esta vez el disparo era libre. Un simple aviso de estar preparados por ambas partes tendría que valer. Segundos después, Godoy dijo:

-Yo estoy listo, señor Blasco.

-Yo también, señor Godoy -Respondió Blasco unos segundos después.

Ahora, el hito del disparo correspondería al azar, cualquier elemento natural podría provocar la deflagración de la pólvora. Estaban demasiado cerca el uno del otro, y ambos eran tan caballerosos, que nadie quería disparar primero. La tensión se masticaba en el silencioso paraje hasta que un Búho real cantó con su nocturno arrumaco.

Ambas pistolas volvieron ser detonadas a la vez. Blasco cerró los ojos, era obvio que a esa distancia ambos se habrían alcanzado. Creyó que era su fin, ahora si notaba un frío que el invadía por completo, pero no sentía dolor… ¿Era eso lo que se sentía al morir? Se preguntaba Blasco mientras se atrevió a abrir los ojos.

Blasco se quedó sin aliento. Godoy no estaba, ni de pie enfrente de él, ni tumbado en el suelo. Simplemente había desparecido. ¿Sería que Blasco estaba realmente muerto y eso era el infierno? Asustado, buscó su caballo y lo encontró. A trote rápido volvió hacia su mansión preocupado, porque de camino no había nadie. Casi estaba amaneciendo, los primeros rayos del sol le estaban iluminando, y al llegar a su hogar, el servicio le recibió feliz y con los ojos abiertos, su señor no había perecido. Pero entonces… ¡Dónde estaba Godoy! ¡Dónde estaba su cuerpo! Blasco se dispuso a salir de nuevo por si se lo había dejado ahí tirado, pero el ama de llaves le retuvo. Prácticamente le obligó a desayunar antes de salir.

En pleno desayuno, la ama de llaves le volvió a llevar el correo que en el atardecer había rechazado. Una de las cartas estaba sellada con el emblema de los Godoy. Blasco la abrió y leyó:

Estimado señor Blasco Ibáñez;

Nos entristece comunicarle que el señor Godoy Velasco falleció ayer en un accidente hípico. El velatorio se celebrará mañana al atardecer… Bla… bla… bla…

Blasco se quedó blanco, su contrincante Godoy había asistido al duelo como fantasma. Como dijo, ni muerto dejaría de asistir… Tal, y como dice el código.