Cuando el portal se oscureció, él dio vuelo a su negra capa para escurrirla, y con la misma inercia se volteó para no volver a mirar atrás. El tacón de sus botas resonaba al compás de la lluvia, estrellándose contra el suelo de granito. No recordaba dónde había dejado el sombrero, también de cuero, pero se per-cató de que las gotas de sus mejillas no eran lluvia.

Hemos dicho que no mira atrás, solo al frente. Hacia el infinito de aquellas estrechas calles abarrotadas de tristes carruajes que empezaban a cubrirse de un manto otoñal. Una noche para siempre recordar. Una noche en la que el mayor adversario te deja su marca en el corazón, a modo de bonita cicatriz… esas son las peores. «A veces que te perdonen la vida es peor que acabarla luchando», seguramente pensaría si en ese momento su mente le dejara hacerlo. Pero solo una fea cara de jugador apenas se entrevé entre las grasientas greñas.

No existía solución alguna. Cuando a un mercenario se le pagaba, debía retirarse del juego, aunque él no quisiera. Pero esa vez era justo, porque se había dado cuenta de sus propios errores; quizás demasiado tarde, pero lo había hecho. No se atrevió ni a mirar a los ojos a su viejo purasangre, de cicatrices cubierto por las otras batallas perdidas. Afirmó con fuerza el ebúrneo cuerno de la silla y calzó la bota en el metálico estribo.

Un fuerte espoleo bastó para que resonara el triste relincho, cuyo eco se debió de oír durante décadas rebotando en las angostas calles. Y, como dije, sin mirar atrás, se marchó consciente de que mientras aquellos besos no estuvieran en sus labios sino en su mente, estarían en su corazón.

Madrid no dejaba de ser un tugurio de perdedores. Un charco podrido donde asquerosos sapos se comían a sus asquerosos renacuajos. Eso es lo que le encantaba de aquella época.

Aún con el rostro pétreo, de alguien que no quería pecar de extrovertido, descendió una angosta calle pavimentada con charcos y adoquines. La lluvia persistía y las ruedas de los carruajes, atestados de señoritos, inundaban con ruidos las calles adyacentes.

Un viejo cartel colgado de uno de los antiguos despachos de empresas La Dame, pintado de rojo, con su característico escudo donde se representa un cangrejo marino, cedió delante de sus narices a causa de los estragos del óxido.

Él ni se inmutó, ni siquiera aminoró su firme trotar. Bajo su peso, el caballo destacaba con brillos rojizos cuando alguna farola de gas se dignaba a alumbrarlos. Chapado a la antigua, sus negras ropas de tosco aspecto lo aparentaban un cruel capataz, ilusión que no se alejaba mucho de la realidad.

Mendigos nauseabundos con terribles amputaciones infectadas se vislumbraban en escondrijos entre los edificios. Las desgarradas mancebas do-minaban esquinas de bocacalles, indicando que el jinete ya se había adentra-do en los despojos de la ciudad.

Él confiaba en su montura. Tanto es así que apenas la amarraba en la caballeriza de un tugurio de mala muerte donde entraban desgracias y solo salían pesares. Cuando puso pie en el local se hizo el silencio. La gente lo miraba. Él se dirigió sin levantar la vista a la mesa del fondo, donde se sentaban tres gorilas tan animales como rufianes que se repartían la nueva moneda vi-gente entre vinos y bobaliconas risas.

―¿Qué es lo que miras, alfeñique? —increpó uno de los tarugos.

El capataz por fin habló con voz templada.

―Miro que os sentáis en mi mesa.

Uno de los rufianes se levantó con un grito de bestia estúpida, pero a me-dio camino se paralizó de golpe mientras una fina punta de acero le asomaba por la espalda, a la altura del corazón. El capataz había levantado el brazo muy rápido, por debajo de la capa, y cuando esta cedió en menos de un segundo descubrió una empuñadura de marfil de un anticuado florete de acero que ensartó a la bestia sin esfuerzo alguno.

Sin recoger las pesetas de la mesa, los otros dos animales huyeron despavoridos del local, acompañados por otros clientes repentinamente afectados por el miedo. El resto de parroquianos devolvió la mirada a su vino como si no hubiera sucedido nada.

Con el mismo sonido que emitían los cuchillos de carnicero al afilarse, la delgada hoja salió del cuerpo del tarugo, y de una firme sacudida el capataz la escurrió, proyectando la infecta sangre sobre el suelo de escoria.

Al sentarse dirigió la voz hacia la barra.

―Ponme lo de siempre.

―A mandar, caballero.

Un triste posadero sacó media botella de vino y un vaso de cristal porque sabía que hoy su oscuro cliente estaba herido. Llevaba ya un par de años sirviéndole.