El capataz observaba por el patético ventanuco de un viejo campanario cuya campana no repicaba desde hacía años. Ni palomas ni ratas osaban molestarlo, solo la lluvia. Malditos diciembres, como todos los anteriores que él recordaba, unos treinta y muchos.

Una ajada bolsa de cuero llena de pesetas y pagarés reposaba sobre unos guantes, capa y botas, todos de cuero. Varios sombreros de ala ancha fabricados en América colgaban del barbuquejo sujetos a la pared. Un can, tan viejo como el tiempo, miraba al infinito con sus ojos blancos y se esforzaba por emitir un ronco ladrido mientras sus largas orejas y su papada se balanceaban al compás de su lamento.

—Tranquilo, perro. No me he olvidado de ti.

Un trozo de carne muy tierna, de primera calidad, cayó junto al hocico del animal, que se debatía en masticarlo. Sus articulaciones ya no eran lo que fueron antaño, rastreando y mordiendo, disfrutando de la caza humana.

―Descansa, perro. Esta tarde volverás a cazar.

Otro lamento a modo de buenas noches era la señal para extinguir una apestosa vela marrón, tan vieja como las cosas que aquel nido contenía. Aquellos ojos perrunos no veían, pero su olfato era el mejor. Los oídos tampoco andaban mal, incluso lo despertaron cuando una fuerte pisada de bota a un par de metros resonó en sus tímpanos.

El can ya se lo conocía, y antes de ladrar siquiera alzó su nariz hacia el pagaré que el capataz le acercó.

Un solo hombre, muchas mujeres, uvas fermentadas, oro…

Arrastrándose como pudo, el sabueso buscó con su nariz la ventana para olfatear el aire. Las mismas uvas fermentadas… oro… más oro… muchas mujeres… uvas… mujeres… oro…

Después de varios minutos de esfuerzo, una brisa trajo el olor de un hombre en concreto y el sabueso giró su cabeza de golpe en la dirección de la que venía. Ya no podía mover ni el rabo, pero su amo sonrió mientras guardaba el pagaré que le había colocado sobre los hocicos. De tres zancadas dio un salto hacia el exterior que la oscuridad de la noche reclamaba poco a poco.

Un nublado diciembre, frío y escarchado como ninguno. Sucia agua de las nubes y blanco humo de las máquinas a vapor comulgaban en el cielo para concebir copos de nieve gris. El capataz mataba el tiempo mirándolos. No había dos iguales.

En poco tiempo el sol tocaría a muerto tras la sierra de Gredos, y el capataz debía colocarse sobre el tejado exacto. A tiempo vencido, una cuerda estrangulaba una chimenea de un alto tejadillo donde se escuchaba pianola, señoritas y vasos de alcohol. El roce de la cuerda al resbalar ahuyentaba a los gatos.

A la altura de la ventana correcta el capataz se sostuvo apoyando las botas sobre la fachada mientras sujetaba la cuerda. Un limpio y silencioso puñetazo rompió el pequeño cristal que estaba justo al lado de un refinado pestillo, sin duda diseñado por algún artesano con una diarrea de inspiración. Aquel sitio desprendía lujo.

Ya en el interior de la habitación se ocultó debajo de la cama, justo a tiempo para ver entrar a un seboso deudor, babeando con sus repugnantes y orondos morros de mejillas sonrojadas a una señorita que falsamente se reía entre sus brazos.

Una lluvia de corsés, delicadas telas, fajas y refajos cayó a ambos lados de la cama. El capataz sonrió al ver que en una faja roja asomaba la empuñadura de una pistola corta de dos cañones. Su objetivo ya no estaba armado.

Ahogados por las nobles maderas de la habitación, unos gemidos dignos de una actriz de teatro se mezclaron con los gorgojeos gorrinescos de aquel apestoso deudor, cuyo único pecado fue el de no pagar al mercenario.

Cuando unos delicados pies, sorprendentemente cuidados para el calzado que solían llevar las prostitutas, sobresalieron por la cabecera de la cama mientras unas hediondas pezuñas hacían lo mismo por el otro lado, un amortiguado disparo de Winchester impactó contra el techo.

Un asqueroso grito del deudor se oyó entonces. «Lo que faltaba». Ese tío era tan gordo que los movimientos de dolor encima de la cama dificultaron al capataz arrastrarse para salir de su angosto escondite.

Ya levantado, contempló su obra. Había disparado desde debajo de la cama, reventando la cabeza de la señorita que estaba usando el sentido del gusto con las partes del deudor. Ahora la habitación estaba decorada con los sesos de la señorita, y donde estos antes estaban la cabeza alojaba trozos de intestino y pedazos de un corto miembro que se había desintegrado con el disparo.

Unos preciosos cuartos traseros, muertos pero bellos, ahogaban con sus partes pudendas al deudor. Un orondo y rechoncho deudor que se desangraba.

―Es curioso. Te pareces tanto a un cerdo que al final has acabado como tal, desangrado mientras alguien te sujeta.

Vaya, hasta parecía un chiste y todo. Casi le daban ganas de sonreír. Aquella bola de lujuria y avaricia no se merecía que le ensartasen el corazón con acero antiguo, así que esta vez, esbozando una sonrisa, el capataz agarró la cuerda que colgaba en el exterior e hizo un lazo alrededor del cuello atarle los jamones y arrojarlo por la ventana.

Huelga decir que el capataz se apropió la bolsa de pesetas de aquel cerdo. De nuevo en el tejado, el capataz vio a la gente santiguarse en la calle cuando se fijaban en aquel deudor que colgaba medio destripado a tres pisos de altura.