Muchos autores han enumerado y catalogado a las artes a lo largo de la historia. Actualmente entendemos por "Bellas Artes" a las siguientes: la arquitectura, el cine, la danza, la escultura, la literatura, la música y la pintura. Pero para Galeno en la Edad Media, las siete “artes liberales” eran la dialéctica, la gramática y la retórica, la aritmética, la astronomía, la geometría y la música, mientras que la arquitectura, la escultura y la pintura eran las tres “artes vulgares”. El concepto y la categorización de las artes han cambiado y evolucionado mucho a lo largo de la historia conforme se diferenciaban de las ciencias y otras disciplinas.

Pero, ¿ocupa la música un rol de mayor importancia respecto a las otras artes?

Para Confucio (filósofo, 551-479 a.C.) "la música produce un tipo de placer sin el que la naturaleza humana no puede vivir".

Platón (filósofo, 427-347 a.C.) dice que "la música es para el alma lo que la gimnasia es para el cuerpo", y que "la música le da alma al universo, alas a la mente, vuelos a la imaginación, consuelo a la tristeza, y vida y alegría a todas las cosas".

“La música compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu”, escribiría Miguel de Cervantes (novelista, 1547-1616)

León Tolstói (novelista, 1828-1910) diría que "la música es la taquigrafía de la emoción".

Incluso Friedrich Nietzsche (filósofo, 1844-1900) destaca el rol de la música diciendo: "sin música la vida sería un error". 

Nótese que he evitado poner frases lindas sobre la música dichas por músicos reconocidos.

¿Será posible que Nietzsche distinga a la música con tal valoración al punto de atribuirle la monumental y heroica empresa de redimir la existencia misma del ser humano? No es "sin ARTE la vida sería un error" lo que dijo Nietzsche, sino "sin MÚSICA".

¿Tiene algo la música que la distinga de las otras artes y la eleve por encima de ellas? Me atrevo a decir que tiene algunas características que le dan cierta ventaja en la carrera por la jerarquización de las artes.

En primera instancia diré que considero fundamental a una forma de clasificación de las artes para hablar de las mismas: las artes dinámicas y las artes estáticas. Las obras artísticas de la arquitectura, escultura, literatura y pintura son, o suelen ser, estáticas - detenidas en el tiempo, mientras que las obras producidas por el cine, la música y la danza implican una forma de movimiento, una duración, un ritmo. Y aclaro que me refiero a la obra, al producto del arte en sí mismo, y no a la interpretación subjetiva ni a la forma en que se contempla la obra. Las obras estáticas tienen como finalidad despertar el dinamismo interno, para que quien la contempla proyecte sobre ella mundos vivos, infinitos y personalísimos. De lo contrario, la obra está muerta. El dinamismo de las artes estáticas es interpretativo, interno y subjetivo, mientras que el de las artes dinámicas radica en la obra misma. 

Las artes dinámicas gozan del beneficio de atraer más rápidamente nuestra atención. Nuestro cerebro está más predispuesto a focalizar su atención hacia el movimiento más que a las cosas inertes ya que, en la naturaleza y a lo largo de nuestra evolución, las cosas con movimientos son potencialmente las que pueden causarnos daño. La alta sensibilidad que nuestra visión periférica tiene respecto al movimiento (muchos estudios se han hecho sobre esto) considero que es prueba suficiente para sostener ese argumento. Por otro lado, solemos interpretar con mayor facilidad a las cosas con movimiento como cosas vivas. Incluso les atribuimos cualidades vitales a objetos cuando se mueven; decimos que el agua corre, como si ella ejerciera una acción. Decimos que el viento sopla, que el sol se asoma y el mar se enfurece como si actuaran voluntariamente, y en cierto sentido están más vivos que las plantas cuyos movimientos son invisibles al ojo impaciente. Considero que pertenecer a la categoría de “las artes dinámicas” le da a la música una primera leve ventaja. Pero esto no aplica sólo a la música, ya que teatro, danza y cine también tienen dinamismo. Esta ventaja sólo les pone muletas a las artes estáticas en la carrera por el podio. 

Por otro lado, la música posee una cualidad muy invasiva. Nuestras orejas no tienen párpados. No sólo no podemos elegir no percibir la música que suena cerca de nosotros sino que por algún motivo es extremadamente difícil evitar prestarle atención y no distraernos de lo que sea que estuviéramos haciendo. El mercado ha aprendido hace mucho a usar la música como herramienta en su estrategia de marketing, dándonos a los consumidores algo que no sólo atrapa fuertemente nuestra atención, sino que nos predispone a orientarnos con cierto ánimo, con un humor particular hacia el producto o idea que intenta vendernos. Me refiero a la música rítmica, fuerte y alegre del comercial veraniego de cerveza y a la música tranquila, suave y relajada que suena en el ascensor de las oficinas de la empresa. Afortunadamente, además de invasiva la música es benevolente. No es necesario saber leer para escuchar música y no requiere demasiado contexto para que la música funcione. Su apertura al público es máxima. Por eso lo consideran (o consideramos) muchos un auténtico idioma universal

Volviendo a las frases de célebres sobre la música, me sorprende especialmente que Platón, Confucio, y tantos otros en la antigüedad hablen tan alto de la música cuando la música era tan distinta, tan - a falta de otra palabra - rudimentaria en aquellos momentos históricos. Consideremos que fue decisivo el rol de la escritura musical para potenciar el desarrollo de la música en la edad media y dar nacimiento a lo que en la actualidad nos referimos con el término "armonía". Polifonía, contrapuntos, cadencias armónicas, progresiones de acordes... son cosas que, hasta donde sabemos, se gestan en la edad media y a partir del desarrollo de la escritura musical. Similar al desarrollo de la humanidad con la invención de la escritura que facilita el traspaso de conocimiento acumulado de generación en generación, el desarrollo de la escritura musical produjo en esta arte un big-bang de novedad y creatividad. Después de todo debemos tener en cuenta que mientras rusos, chinos y europeos pueden tener distintos idiomas, pronunciar diferentes fonemas y escribir de manera particular incluso los números del uno al diez, el actual sistema de notación musical (con pentagramas, figuras musicales, alteraciones, etc.) se ha convertido en la forma de escritura más universal que tiene nuestra especie. Y si la notación musical ha sido capaz de tamaña revolución, entonces los discos, los cassettes, el mp3 y el streaming han llevado a esta revolución a niveles siderales. Es decir: Platón describía que la música le daba alma al universo sin la posibilidad de escucharla a voluntad, sujeto a vivirla exclusivamente con músicos en vivo en frente suyo, con una armonía precaria (en el mejor de los casos) o inexistente, y sin la vastísima variedad de géneros con los que contamos en la actualidad. Me pregunto qué diría Platón de la música si nos viera hoy, con la capacidad de escuchar en unos auriculares hi-fi inalámbricos la grabación realizada en otro continente de una orquesta con decenas de músicos tocando de manera impecable la novena sinfonía de un compositor muerto hace dos siglos, mientras caminamos muy despreocupados por la calle. 

Consideremos estas cuatro premisas:

La música es "el arte de combinar los sonidos". El arte es una actividad humana. El ser humano es un animal muy particular. Y la música tiene tres pilares: ritmo, melodía y armonía.

El ritmo es el pilar de la música más elemental. De hecho, podemos hacer música sin melodía y sin armonía. Podemos hacer música sin notas. Pero no podemos hacer música sin ritmo. Combinar sonidos nos impone como mínimo la limitación más fundamental de hacerlo en el lienzo del tiempo, y ahí es donde se encuentra el ritmo. El ritmo es la forma en que combinamos los sonidos a lo largo del tiempo. Lo más frecuente es que usemos un pulso de referencia, y que ese pulso sea el latido del tema, de manera regular, predecible, sistemática. Pero también podremos flexibilizar el pulso a voluntad o desecharlo por completo sin que por ello desaparezca el ritmo. Porque el ritmo es la parte más orgánica de la música; lo que le da vida. Es el latir de su corazón junto con todo su sistema circulatorio. Y creo que el ritmo resuena en nuestra parte más esencial como animales que somos. El ritmo nos pega en el cuerpo, porque el cuerpo reconoce en el ritmo musical a la vida misma. Como lleva un ritmo nuestro corazón, nuestros movimientos al andar, y como vemos el ritmo de la naturaleza material que nos rodea. Incluso hasta en el espacio exterior. La música más elemental es rítmica y nos resuena en la base biológica de nuestro ser. 

Vale aclarar que el ritmo estará presente en toda arte dinámica, ya que es la forma en que se suceden los elementos que componen a la obra a lo largo del tiempo. Por eso percibiremos una forma de ritmo en la película que "nos parece lenta", en los movimientos de los bailarines, en los actos de la obra de teatro. Pero en la música es donde el ritmo se reconoce más rápidamente y de manera más definida. El ritmo es aquello que hace que nos pongamos a mover el pie, o la cabeza, o la mano, cuando escuchamos una canción pegadiza. Es el combustible principal del baile. Y nos sincroniza entre nosotros, los especímenes de la misma especie, como extendiendo puentes. Si vos tocás un ritmo, y yo me sumo a tu ritmo, nuestros corazones se comunican y nos dicen que estamos vivos y haciendo música. Por eso el ritmo es a la música lo que a nosotros es nuestro cuerpo.

La melodía es otro cantar. Es narración y emoción. Es nuestra voz por excelencia. Nuestra capacidad de decir lo que pensamos, vemos, queremos, aprendimos, sentimos. Articular correctamente ideas no es una tarea fácil, ya que implica conocer a fondo lo que se quiere decir, tener un vocabulario lo suficientemente amplio, elegir con precisión quirúrgica la terminología, considerar el contexto y la forma en que podría ser interpretado por el interlocutor, el medio en el que se escribe o pronuncia, etc. Vemos esto en el lenguaje científico, e intentamos descifrarlo en el lenguaje jurídico, pero aplaudimos a los escritores que consiguen articular sus pensamientos de manera bella; aquellos héroes de la literatura que son capaces de narrar historias conmovedoras y atrapantes que duran generaciones y tienen el poder de moldear sociedades enteras. Gran parte de nuestra vida está inmersa en una narración, lo sepamos o no, lo controlemos o no. Las narraciones que componen el pentateuco, la Ilíada, el Tao Te Ching, los evangelios, la divina comedia, don Quijote de la mancha, el paraíso perdido, hasta las obras de Verne, Twain y Tolkien … forman nuestro inconsciente colectivo (término de Carl Jung, 1875-1961) y son brújulas que orientan a sociedades enteras durante generaciones, aún sin que las conozcamos a fondo. Son cristales que reflejan nuestras intuiciones de heroísmo, aventura, rectitud y salvación, junto con las de maldad, sufrimiento, culpa y miedo. Ese es el triunfo de la literatura como arte; la manifestación escrita de nuestros arquetipos universales (otro término de Carl Jung). Y es esa la gran porción de nosotros que se relaciona con la melodía. La melodía es una narración contada con notas. Y si las historias literarias nos provocan emociones, las melodías producen en nosotros esas mismas emociones sin necesidad de describir imágenes ni usar palabras. Las melodías son el mismísimo efecto que producen. Creo que a esa melodía se refería Tolstoi (siendo él escritor) cuando dijo "la música es la taquigrafía de la emoción". 

Dicen que la música calma a las fieras. Pero, ¿sólo a las fieras? El bebé de tres meses que de golpe es inundado por tamaña sensación de angustia (producida por hambre, cólicos, sueño...) desborda en un incontenible lamento y llanto capaz de alterarle la paz al budista más disciplinado, ¿no se calma acaso con el canto de la madre? Incontables estudios hablan del rol del canto materno en el desarrollo de los niños. La sola voz de la madre podrá ayudar a tranquilizarlo, pero el canto es mucho más probable que surta el efecto deseado: atrapar su atención, distraerlo de su pesar y calmarlo. Platón puede no haber conocido la armonía moderna, pero de seguro conocía a esta melodía. Así de profunda es la raíz emotiva de la melodía y así de profundo es su vínculo con la emoción del ser humano. 

Hay quienes dicen que la armonía es la escenografía, y la melodía es la protagonista. Y creo entender a qué se refieren con esa analogía: la melodía es lo que se te queda pegado y tarareás por días, es lo que más solemos recordar del tema. La melodía ES el tema, y es a lo que más le prestamos atención. Es a la melodía a la que apuntamos con nuestro cañón de luz seguidor sobre el escenario. Melodía es recordar al actor de la película antes que al guionista, al director y al productor. Pero el protagonismo propio del rol de la melodía de ninguna manera significa que la armonía sea menos importante. Así como un cambio de luces de azules a rojas en el escenario, o la aparición de un bosque repentinamente en el fondo puede cambiar nuestra experiencia totalmente, la armonía - en la medida en que funciona como una escenografía - puede resignificar completamente al protagonista, o crear objetos que lo devoren por completo. El problema que supone comprender a la armonía como la escenografía de la obra es que esto no agota en lo más mínimo lo que la armonía es. La armonía es la verticalidad en la música como la melodía es la horizontalidad. La armonía se concentra en la simultaneidad de notas, en la superposición de cantantes. Plantea conflicto y resolución, independencia y comunión. 

Es difícil hablar de armonía hoy y no referirse a los acordes, a la tonalidad, a las cadencias armónicas que producen tensión y reposo. Pero históricamente la armonía comienza como una superposición vocal, una forma de polifonía coral en donde los acordes son su consecuencia natural. Las voces, como las personas, pueden trabajar colaborativamente o superponerse con independencia. No es casualidad que digamos que quedan armónicos la cortina y el sillón en nuestro living cuando quedan bien el uno con el otro, y aun así ninguno de los dos emite sonidos ni canta su melodía. Pero en el mundo de la música, la armonía existe, cooperen o no los elementos entre sí.

Si el ritmo en la música resuena primeramente en nuestro cuerpo, y la melodía en nuestras emociones, la armonía es el pilar más racional de la música. Basta con escuchar el contrapunto de Bach, o cualquier canon o fuga, o un arreglo orquestal de Wagner para sentir el compromiso intelectual al que nos llama la armonía. 

Los tres pilares de la música parecen relacionarse con tres aspectos fundamentales de nosotros mismos: nuestro cuerpo, nuestras emociones y nuestra racionalidad. Sin embargo, la música es más que la suma de esos tres pilares, como los seres humanos somos más que la suma de nuestros órganos, nuestras neuronas y nuestra razón. Por ese motivo es que la música es un arte, y no una simple construcción acústica. En cierto sentido se relaciona con aquella frase que embanderaba la escuela de la Gestalt en Alemania: el todo es más que la suma de las partes. Por eso el arte es una forma de comunicación entre seres espirituales, sea lo que sea que entendamos por “espíritu humano”. Hay algo por encima del ritmo, la melodía, la armonía - incluso si les sumáramos a ellos todo lo concerniente a la ejecución, la instrumentación, el contexto - que despierta en los poetas y filósofos la fascinación por la música y provoca a los nihilistas perdidos a considerar la reivindicación de la existencia misma. 

¿Alcanza todo esto para darle a la música una posición de jerarquía entre las artes? 

La respuesta habría sido un rotundo sí en el siglo XIX. La ópera como forma musical había logrado unir a las otras artes en espectáculos que hoy podríamos equiparar a maratones de Star Wars, Harry Potter o Lord Of The Rings. Óperas de duraciones extensísimas, con multiplicidad de personajes e historias de novela entrecruzadas, con actuación y baile, escenarios cada vez más sofisticados y tecnológicos, con narraciones épicas, fueron el punto más alto del arte del siglo XIX y así dieron comienzo lo que traería el siglo XX. Y para colmo del asunto, la revolución tecnológica de la era digital ciertamente ha puesto hoy en día a la música al alcance de todos. 

Creo que si bien la literatura, por su antigüedad y vigencia, tiene un enorme poder transformador en culturas y civilizaciones enteras, es al cine a quien voy a considerar como principal contrincante por el oro en el podio de las artes. Principalmente por su carácter de arte dinámica, por su capacidad de aunar a las demás artes, su impacto cultural actual (que se manifiesta en su apogeo como producto de consumo millonario), la amplitud de su público y su manera de captar nuestra atención y sumergirnos en experiencias extraordinarias. Ciertamente estamos en una era dorada del cine.

Aun así, "sin cine la vida sería un error" no me suena bien.

Marcelo "Chuffi" Siutti

--------------------------

*Pentateuco: los primeros cinco libros del antiguo testamento

La Ilíada: epopeya griega escrita por (atribuída a) Homero cerca del siglo VIII a.C.

Tao Te Ching: texto tradicional chino, escrito cerca del siglo VI a.C. y fundacional del taoísmo y del budismo.

Evangelios: parte del nuevo testamento, escritos en los siglos I y II de nuestra era.

La Divina Comedia: Escrita por Dante Alighieri en el siglo XIV

Don Quijote De La Mancha: Escrita por Miguel de Cervantes publicada en 1605-1615 (primera y segunda partes)

El Paraíso Perdido: Escrito por John Milton en 1667

Julio Verne (1828-1915): escritor de género aventura y ciencia ficción

Mark Twain (1835-1910): escritor de novelas y aventura

John R. R. Tolkien (1892-1973): Escritor de "El Señor de los Anillos"