Cuando comenzamos a estudiar sobre la música en seguida se nos presentan dos grandes océanos de ella, cada uno con una enorme cantidad de compositores de los más diversos; el océano que conocemos como "música clásica" y el océano que llamamos "música popular". Y por lo general no tenemos demasiado problema en identificar si la obra que estamos escuchando, o estudiando, pertenece a una masa de agua o a la otra. Pero... ¿sabemos qué diferencia a estos dos océanos?

He hecho esta pregunta a muchos alumnos en mis años de docente y muchos han creído intuir la respuesta, y sin embargo prácticamente nadie ha sido capaz de articularla correctamente. Aun así, siempre los invité a ensayar una respuesta. Las respuestas suelen parecerse. La mayoría habla de la antigüedad de la música clásica como un factor determinante, la característica definitoria del género. Ellos se aventuran a arriesgar la respuesta por este camino. Pero… veamos. 

Empezaré por aclarar que el término "música clásica" es un término con el que hablamos coloquialmente para referirnos a la música de Bach, Mozart, Beethoven, Chopin y Debussy (entre otros) por igual. Empleamos el término “música clásica” en el mismo sentido en que llamamos un clásico del cine a "Lo que el viento se llevó" (de 1939), o un desempolvado Porsche 924 andando por alguna ancha avenida cosmopolita, o una linda edición impresa de "Romeo y Julieta", o al diseño de un traje oscuro de hombre o un vestido elegante de dama... Algo clásico es algo que ha pasado la prueba del tiempo, algo que mantiene su vigencia, algo que aún siendo antiguo sigue sorprendiendo y gustando a las nuevas generaciones. Y es natural y lógico que desde esa óptica consideremos a Bach, a Mozart, a Beethoven, a Chopin y a Debussy como grandes clásicos de la música; sus composiciones fueron escritas hace una gran cantidad de años y siguen siendo escuchadas e interpretadas por músicos a lo largo y ancho del mundo y de los siglos. Sin embargo sabemos que muchos compositores e intérpretes de siglos anteriores a nuestro presente pertenecen a la música popular y no a la música clásica. Hay antigüedad en la música popular también. Rachmaninoff y Carlos Gardel fueron contemporáneos en los comienzos del siglo XX y sabemos que el primero hizo indudablemente música "clásica", mientras que el segundo hizo uno de los tantos géneros que componen la música popular; el tango. Podemos decir lo mismo de compositores de canciones folklóricas de todas partes del mundo, y a compositores de blues y jazz que murieron mucho antes de nuestro tiempo y los consideramos grandes músicos de la música popular. Al mismo tiempo, encontramos y sentimos composiciones de "música clásica" cada vez que escuchamos la bandas sonoras de películas como Star Wars, El Señor de los Anillos o Batman, que son mucho más recientes que las grabaciones que harían The Beatles o Charlie Parker. 

Y es que la diferencia entre estos dos océanos poco tiene que ver con el paso del tiempo; no es la edad lo que clasifica a una obra musical como “clásica” o popular. De hecho, lo que llamamos música clásica pocas veces lo es realmente. Sacando el uso cotidiano que hacemos de la palabra "clásico", la verdadera "música clásica" es sólo uno de los tantos períodos que conforman el amplísimo repertorio de este primer océano que intento describir y diferenciar del otro. A lo que verdaderamente nos referimos cuando en el día a día hablamos de "música clásica" es en realidad la "música académica de tradición occidental"; música que ha evolucionado a lo largo de casi dos milenios y que está conformada por una sucesión de períodos históricos a partir de la invención de distintas formas de escritura musical y abarcando en ella a la música medieval, la música del renacimiento, la música barroca, la música clásica (propiamente dicha), la música romántica, el impresionismo, el expresionismo y diversas formas surgidas en el siglo XX. Todas ellas son parte de la música académica de tradición occidental. Por eso decir que Bach, Mozart, Beethoven, Chopin y Debussy son clásicos es, en el sentido estricto y académico de la palabra, un error. Podremos llamar clásico a Mozart, y sólo en parte a Beethoven, por ser compositores que se corresponden con la estética del período clásico musical, pero Bach pertenece al barroco, Chopin (y la otra parte de Beethoven) al romanticismo, y Debussy al impresionismo. Y cada período tiene sus propias características, sus recursos y su cosmovisión. Vemos entonces que a la música académica de tradición occidental solemos subdividirla en períodos. En cambio, a la música popular la entendemos como una constelación de géneros. Un género musical es un conjunto amplio de obras que comparten ciertas características fundamentales (como instrumentación, temática, función, estructura, etcétera). El jazz, el rock, el folklore, el tango, la bossa nova… son algunos de los tantísimos géneros que componen la música popular. 

Aclarado el asunto terminológico, "música clásica" será frecuentemente usado en representación de la música académica de tradición occidental sólo con el fin de simplificar términos y ahorrar palabras, pero con la cautela de no confundirla con la música del período clásico exclusivamente. 

Esta diferencia que surge entre ambos océanos – me refiero a la subdivisión de la música en períodos o en géneros - no nos acerca lo suficiente a la razón por la que sus aguas nos saben de manera tan distinta (y sí… dije la razón porque es una sola). Y vemos que el tiempo cronológico en el que la obra es compuesta poca injerencia tiene en su clasificación de un lado de la costa o del otro. No es la edad lo que define que una pieza pertenezca a la música popular o a la música académica de tradición occidental. 

"Si no es la edad, seguro la instrumentación pueda tener algo que ver". Este parece ser el razonamiento más común de los alumnos al ver rechazada la respuesta primera. Pero esta característica que quiere ser lo suficientemente distintiva tampoco es la razón por la que podemos diferenciar a las obras de un lado del panorama de las del otro. Si bien entendemos que en la música popular es más común el uso de electrófonos o de instrumentos amplificados de manera eléctrica, en formaciones más pequeñas, mientras que las grandes orquestas son más comunes en la música de compositores como Beethoven, Wagner o Ravel, ¿cuántas composiciones para solistas o formaciones pequeñas han compuesto Bach o Mozart? ¿Y cuántos músicos tenían las orquestas de Count Basie y Duke Ellington, o cuántos fueron invitados a tocar con Metallica en su disco S&M conformando a la sinfónica de San Francisco? Ciertamente no es la cantidad de músicos lo que determina la clasificación de una pieza como "clásica" o "popular", aunque la instrumentación pareciera acercarse más a la respuesta. Después de todo, no importa si hay uno o cincuenta músicos sobre el escenario, los violines, oboes y cornos parecen ser una clara predilección de los clásicos, mientras que guitarras eléctricas y sintetizadores son más frecuentes en la música popular. Pero... ¿alcanza esto? ¿No existen acaso para piano tanto conciertos de música clásica como de jazz? ¿Walter Carlos tocando Bach en sintetizadores no sigue siendo una manera - quizás poco ortodoxa - de ejecutar música barroca? ¿Y no usa la música folk estadounidense violines en sus formaciones? ¿Cuántas bandas de rock y de pop han incorporado flautas traversas, trompetas y órgano? ¿Y qué pensamos de los covers en violín que tantos músicos comparten en YouTube de canciones de Led Zeppelin o ACDC? Debemos concluir que si bien hay ciertas tendencias reconocibles al momento de la elección de los instrumentos, no es la instrumentación la herramienta que nos permite diferenciar a una pieza en tanto pertenezca a una u otra enorme masa de agua musical. En el mejor de los casos, la diferencia relativa en la instrumentación sólo indicará algunas tendencias tímbricas predilectas. 

“¿La dificultad?” suele ser el aventurado tercer ensayo de respuesta (y reconozco que siempre me causa gracia cuando alguien ofrece una respuesta en forma de pregunta). Ciertamente ha habido mucha gente que se ha referido durante años a la música académica como música erudita, ya que implica un amplio bagaje de conocimiento fundamental para interpretar y, sobre todo, componer en ese género. Esta respuesta pareciera dar en la tecla, de no ser por la enorme cantidad de géneros de la música popular que imponen la misma necesidad ¿O acaso alguien puede asegurar que no se requiere una enorme cantidad de conocimiento teórico y estructural sobre las piezas que pertenecen al rock sinfónico, al jazz fusión o a las diversas formas folklóricas del mundo? De hecho hay piezas “clásicas” de dificultad muy menor respecto a muchas otras piezas de música popular, por lo que el estudio requerido para la interpretación de una pieza se muestra independiente de su clasificación como “clásico” o “popular”. Encontramos por igual obras “fáciles” y “difíciles” de interpretar en ambos océanos musicales. 

"¿La duración de las piezas?" La cuarta respuesta generalmente nos encuentra rascando el fondo. Es verdad que la novena sinfonía de Beethoven dura cerca de 74 minutos. Pero menos de un minuto dura el estudio para piano op25 n9 en sol bemol Mayor de Chopin, y 23 minutos dura Supper's Ready, de la banda de rock británica Genesis. Tres minutos suele ser la duración de las canciones pop que suenan en la radio, y menos de ello duran los estudios de compositores románticos. 

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La línea divisoria es de hecho muy sutil. Por momentos no es un límite claro y hay una rica contaminación de aguas. Pero esa pequeña diferencia aún existe y es clave, y determina la forma de estudio y hasta de escritura de la música. Es una pequeñísima cuña que produce una enorme bifurcación de aguas. Para evidenciarla en frente de mis alumnos antes de definirla y articularla en palabras, suelo reproducir en mi equipo de música dos ejemplos musicales, y pido que me digan a quién estamos escuchando. Cómo primer ejemplo pongo a la 5ta sinfonía de Beethoven, ya que es una pieza muy reconocible desde sus primeras notas para la inmensa mayoría de la población. (Aún quienes no saben que se trata de una composición de Beethoven se arriesgan nombrando a Mozart o a algún otro compositor clásico). Para el segundo ejemplo musical pongo "Twist And Shout" con la voz rockera y rotosa de John Lennon. La respuesta rápida es "The Beatles". Y nadie se da cuenta que la diferencia ya ha sido manifestada en sus respuestas.

Jamás me ha pasado que en el primer ejemplo me digan: ¡Es la West-Eastern Divan Orquestra dirigida por Daniel Barenboim!, ni que en el segundo ejemplo me digan: ¡Claro, si son Phil Medley y Bert Russell!

La música académica de tradición occidental prioriza al compositor. Por eso reconocemos a Beethoven en las manos de cualquier músico que lo interprete. Siempre tendemos a nombrar al compositor ya que en este océano lo principal es mantener viva la obra tal y como la pensó el compositor. Es por eso que se estudia en Conservatorios (por si no se habían dado cuenta, el nombre del instituto dice mucho sobre su razón de ser), procurando conservar nota por nota la pieza original. Su escritura principal es la partitura: un sistema que permite plasmar en papel y para la posteridad una gran cantidad de detalle. La altura de cada sonido, su duración, su intensidad, su digitación... prácticamente todo puede ser volcado a una partitura. Y si una misma partitura es dada a veinte músicos para que la trabajen, al cabo de un tiempo prudente de estudio tendremos 20 copias virtualmente idénticas de la misma obra.

La música popular, en cambio, pone en primer lugar al intérprete. Existe en este océano el término "versión". El artista puede hacer con la composición lo que quiera. Puede elegir la instrumentación que prefiera, la tonalidad, la velocidad... puede reestructurar la obra a voluntad y hacerle una cantidad prácticamente ilimitada de cambios. Cuantos más implemente, más original será su versión. Es por eso que uno de los sistemas de escritura musical más comunes de la música popular es el denominado "cifrado americano"; un sistema tan vago al momento de dar información que permite una libertad absoluta de interpretación. Todos los músicos que leen un Am7 pueden decidir cómo tocar su instrumento para que se adecúe a sus propios deseos. No hay un cifrado distinto para el pianista y para el guitarrista (mientras que en una orquesta clásica, la partitura de violín poco le sirve al clarinetista). Al cifrado podemos agregarle o sacarle notas a voluntad, o incluso podemos sumarle o restarle acordes. La deliberada baja resolución con la que el cifrado escribe los acordes de una pieza incita al intérprete a tomar las decisiones que no detalló el compositor en el papel. Así, se vuelve sólo una guía para que el intérprete haga del tema lo que se le antoje.

Es por eso que escuchamos a Mozart, con su sonata número 16 en Do Mayor, en las manos de Daniel Barenboim, de Glenn Gould, de Lang Lang, de Maria João Pires, de Mitsuko Uchida, de Rousseau o de Sviatoslav Richter, mientras que poco tienen en común entre ellas las versiones del standard de Jazz “Stella By Starlight” compuesto por Victor Young que interpretarían Bill Evans, Chet Baker, Ella Fitzgerald, Frank Sinatra, Keith Jarret, Miles Davis y Ray Charles.

Es esta diferencia lo que más define el límite entre lo "clásico" y lo "popular" en lo que a música concierne. Ésta es la cuña que separa ambos torrentes de agua. Pero esta cuña no significa que no haya una amigable contaminación de aguas. La división tiene una línea muy difusa, y el mapa oceanográfico musical se parece más al símbolo del Yin-Yang taoísta que a dos naciones enfrentadas en guerra. Estos dos océanos son como dos grandes amigos y se nutren mutuamente, se contagian sus estados de ánimo y se comparten lo que, a fuerza de experimentación y novedad, descubren y aprenden. Encontramos también partituras en la música popular, y frases folklóricas y hasta improvisaciones espontáneas en la música académica. Nosotros mismos, como músicos intérpretes, podemos abordar el estudio de una pieza musical con cualquiera de las dos cosmovisiones; podremos actuar como navegantes de uno de los océanos si procuramos imitar la obra original en nuestra interpretación, o podremos actuar como navegantes del otro si decidimos armar una versión distinta y personal de cada obra. Revivificación u originalidad en la interpretación, y en el medio, el continente que es todo músico. 

Marcelo "Chuffi" Siutti