La música es el arte de combinar los sonidos. No creo haber agotado todo lo todo que el arte es, pero espero al menos haber dado ya con los puntos principales de su definición. Y ciertamente queda mucho por decir sobre la forma en que combinamos los sonidos. La forma más básica de hacerlo es sobre el lienzo del tiempo, y a eso es a lo que llamamos ritmo. Pero también hay que considerar los aspectos horizontales y verticales de esos sonidos en tanto se relacionan unos con otros, y que así nos darán como resultado los otros dos pilares de la música: la melodía y la armonía. Pero… ¿qué hay sobre la última parte de la definición de música? ¿Qué podemos decir sobre el sonido? 

En cierto sentido, la pintura será el arte de combinar colores. La danza será el arte del movimiento y del baile. El teatro será el arte de la representación, de la actuación de historias. Incluso recuerdo a una arquitecta definiendo a la arquitectura como “el arte de combinar luces y sombras”, definición que me gustó mucho. Todas las artes tienen su definición; su limitación conceptual. Quizás la escultura sea la que tiene la definición más amplia: el arte de modelar la materia, pudiendo ser esta materia la roca, el barro, la madera, el vidrio, el plástico, etc. Todas las artes tienen su material de trabajo; su materia prima. Pigmentos, letras, nuestro propio cuerpo, luces y sombras, materiales… Y en la música, la materia prima es el sonido.

El ser humano es un ser que pertenece a una especie muy compleja. La más compleja conocida hasta ahora. Cuenta con cinco sentidos externos y cada uno capta distintos fenómenos del ambiente circundante. Llamaremos sonido a todo fenómeno que sea captado por el oído. Por supuesto que ésta no es una definición libre de controversia; “si un árbol cae en un bosque y no hay nadie cerca para escucharlo, ¿produce sonido?”. Quizás podamos redefinir sonido desde el ámbito de la física, hablar de la emisión y propagación de ondas a través de un medio elástico, y desde esa óptica argumentar que la caída de ese árbol sí produce sonido. Pero voy a evitar el ámbito netamente científico y me confinaré a la definición ya dada de sonido que nos será más útil para el ejercicio musical. Desde ese punto de vista, no hay sonido si un árbol cae en un bosque y no hay quien lo escuche; si no hay un oído que pueda interpretar las ondas acústicas que se propaguen con la caída del árbol. El sonido es aquello que oímos y escuchamos.

Brevísima aclaración: la diferencia entre oír y escuchar tiene que ver con el foco de nuestra atención, la controlemos o no. Oímos todo lo que suena alrededor nuestro, pero escuchamos lo que queremos. De la misma manera en que miramos aquello a lo que le prestamos atención, pero vemos todo lo que se interpone en nuestro campo visual. La diferencia entre oír/escuchar y ver/mirar es que nuestras orejas no tienen párpados, y por eso la música tiene una capacidad invasiva superior a cualquiera de las otras artes. De cualquier modo no será necesario distinguir entre oír y escuchar para entender cuál es el fenómeno al que llamamos sonido. 

Entonces, un sonido es todo aquello que escuchamos. Proviene de un cuerpo, de un objeto físico que comienza a vibrar por el mecanismo que fuere, y emite unas ondas que viajan por un medio elástico hasta llegar a nuestros tímpanos y ser interpretados por nuestro cerebro a una velocidad asombrosa. El cuerpo que vibra puede ser cualquier cosa; una cuerda, un tubo, una membrana, una púa, nuestras propias cuerdas vocales… Respecto al medio elástico (es decir, el entorno que permite cierto movimiento y propagación de ondas) hay menos alternativas. Cierto es que el sonido viaja más rápido a través de medios líquidos y mucho más a través de medios sólidos, pero siendo el ser humano una especie terrestre limitaremos nuestro ámbito al medio gaseoso: las ondas acústicas de los sonidos que escuchamos llegan a nuestro oído a través del aire. Los gases que componen el aire que respiramos y nos rodea son los encargados de hacernos llegar las ondas de los sonidos que oímos. Sin ellos, el sonido es imposible. Lo que sucede una vez que la onda llega a nuestro tímpano y es interpretada por nuestro cerebro está muy cerca de ser un milagro. 

Hasta acá el aspecto científico elemental de este sentido al que la música se avoca. “La música es el arte de combinar los sonidos”. Y el sonido es todo aquello que percibimos con el oído. Pero la música trabaja con multiplicidad de sonidos. Es por eso que una primera forma de diferenciar todo lo que escuchamos será distinguir entre los ruidos y las notas

En este caso sí optaré por una definición de ruido basada en la física. Específicamente en la rama de la física que se dedica a estudiar el sonido: la acústica. Y la razón de eso es que en el día a día, en la cotidianidad sin rigor científico, solemos usar el término ruido para distinguir a aquellos sonidos que nos resultan desagradables. Si yo me siento en el piano y comienzo a tocar una sonata de Beethoven, no tengo dudas que estaré produciendo sonidos. Pero de hacerlo un martes a las 3 de la mañana no tengo dudas que para mis vecinos estaré produciendo ruidos molestos. De manera similar, ir caminando por la calle y escuchar una bocina y una moto arrancando su motor podría ser considerado un ruido. Pero basta con que un músico lo incluya en la interpretación de una obra para transformarse en un sonido agradable. Incluso podremos encontrar diferencias subjetivas ante un mismo fenómeno: hay gente que adora el sonido de los pájaros para despertarse, mientras que otros detestan el ruido de esas aves mientras intentan evitar la vigilia y retomar el sueño que le arrebataron con su canto. Es en parte por esa subjetividad entre lo que cotidianamente consideramos “ruido” o “sonido agradable” que no me centraré en ese aspecto. Desde una óptica más científica catalogaré a todos como sonidos por igual, agradables o desagradables al oído, y podré diferenciar entre notas y ruidos según un criterio universal: una nota es un sonido con altura determinada. Un ruido es un sonido sin una altura determinada. Se nos presenta así una de las cuatro características analizables del sonido: la altura.

La altura del sonido es la cualidad del mismo que nos permite diferenciar sonidos agudos y sonidos graves, y es el resultado de la frecuencia de las ondas acústicas. Cuanto más rápida sea la frecuencia - es decir: cuantos más ciclos produzca la onda en un determinado tiempo - más agudo será el sonido. Y a menor frecuencia, el sonido se volverá más grave. De hecho, se calcula que los umbrales de audición del ser humano van desde los 20 Hertz a los 20.000 Hertz. Esto quiere decir que el sonido más grave que tenemos la capacidad de escuchar es aquel cuya onda produce tan solo 20 ciclos en un segundo. El sonido más agudo que podrá escuchar un ser humano se acerca a los 20.000 ciclos por segundo, aunque mucho de esa audición se pierde con la edad y con la constante exposición a la contaminación acústica a la que los citadinos estamos acostumbrados. Si usamos un generador de tonos y producimos electrónicamente sonidos será fácil comparar las alturas de sonidos que tengan frecuencias de 60 Hz, 120 Hz, 300 Hz, 600 Hz, 1500 Hz, 4000 Hz, 12000Hz o el valor que queramos. 

Pero cuando un cuerpo vibra no produce una sola onda acústica a la que podremos medirle su frecuencia y catalogar como un sonido agudo o grave. Una infinidad de ondas emanan del cuerpo y viajan en todas direcciones, rebotan en algunas superficies, otras se absorben… y cada una de esas ondas tiene su propia frecuencia y puede ser analizada por separado. A esas ondas las conocemos como los armónicos o formantes del sonido. Y ellos son claves al momento de distinguir entre un sonido con una altura determinada (una nota) o un sonido sin una altura determinada (un ruido). 

Imaginemos un cuerpo A que comienza a vibrar y a emitir una gran cantidad de armónicos. Podemos medir la frecuencia de cada uno de ellos y obtenemos los siguientes resultados: su armónico fundamental, el más bajo de todos, nos da 100 Hz. El segundo armónico nos da 126,4 Hz. El tercer armónico, 238,77 Hz. El cuarto armónico, 368,53 Hz. El quinto, 511,31 Hz, el sexto, 683,78 Hz… Imaginemos ahora a un cuerpo B que vibra y del que emanan armónicos con las siguientes frecuencias: 100Hz, 200Hz, 300Hz, 400Hz, 500Hz, 600Hz… El sonido que percibiremos a partir del cuerpo A es lo que llamaremos ruido. Y el sonido que percibiremos del cuerpo B será una nota. En una nota la relación entre todos sus armónicos es de múltiplos matemáticos. En un ruido esa relación no existe. 

Podemos llevarlo a algo más elemental aún y enunciar que al hablar estamos combinando notas y ruidos. Pronunciar las vocales A, E, I, O, U, o las consonantes que involucran el uso de nuestras cuerdas vocales como la M, la L, la N producirán notas. Pero también hablamos con algunas consonantes que producen ruidos como la J y la S. La diferencia entre un ruido y una nota al hablar podemos encontrarla rápidamente entre la F y la V; la boca, los labios, los dientes, la lengua… tienen la misma posición, pero en la primera no vibran las cuerdas vocales (FFFF), y en la segunda sí (VVVV).

En la música, ruidos son aquellos sonidos producidos por un tambor, un platillo, una “cuerda muteada”, un golpe a la caja de nuestra guitarra… Y notas serán los sonidos que podemos llamar La, Re, Fa sostenido o Mi bemol. En una nota, su altura tiene nombre y la podemos encontrar en el teclado de un piano sin demasiado problema. En un ruido, la altura es una indicación muy vaga; podrá tener armónicos que tiendan a lo grave o a lo agudo, pero sin una clara definición. 

Pero la altura es sólo una de las cuatro características que podremos reconocer y clasificar en todos los sonidos que escuchamos. Otra de esas características es la duración, con la que distinguiremos a sonidos largos y sonidos breves. Quizás ésta sea la características más fácil de comprender, pero no es para nada la menos importante al momento de hacer música. Debemos recordar que la música es un arte temporal, por lo que su pilar más fundamental es el ritmo. El ritmo se encarga de organizar a los sonidos (y silencios) en el lienzo del tiempo, determinando el momento en que debe comenzar cada sonido y su duración. Es por eso que la forma en que solemos representar la duración de los sonidos con los que haremos música será por medio de las figuras musicales: representaciones proporcionales de las duraciones de los sonidos. Es así que tendremos ruidos largos y breves, y notas largas y breves, y podremos representarlos a todos con redondas, blancas, negras, corcheas... 

La tercera característica del sonido será la intensidad. Solemos referirnos a esta característica como el volumen del sonido. Y no es erróneo, ya que la intensidad de la señal, es decir: la característica que determina si el sonido será fuerte o débil, está dada por la amplitud de la onda acústica, y por consiguiente el volumen de aire involucrado en la propagación del sonido. Una amplitud mayor en la onda involucrará una masa mayor de aire. El sonido tendrá así más energía y lo percibiremos con mayor intensidad que aquellos con menos potencia o con ondas de amplitudes menores. 

La cuarta característica del sonido es la más compleja sin lugar a dudas, y se la conoce como el timbre del sonido. Es posible encontrar definiciones de timbre como el “color del sonido”, o bien “la característica que nos permite reconocer la fuente emisora del mismo”. Ambas son correctas. Podemos imaginar un La de 440Hz siendo tocado en un piano, con una intensidad de 60 decibeles y que dure exactamente un segundo, e imaginar a otro La de 440Hz siendo tocado por una guitarra, con una intensidad de 60 decibeles y que dure exactamente un segundo. Ambos sonidos tienen entonces la misma altura, la misma duración y la misma intensidad, y sin embargo no suenan igual. Lo que los diferencia es el timbre. 

El timbre del sonido es el resultado de la diferencia de intensidades de los armónicos de cada sonido. Es decir: la nota La de 440Hz, para que suene como una nota, tendrá siempre sus armónicos formados por múltiplos. El primer armónico será 440Hz, el segundo será 880Hz, el tercero será 1320Hz, le seguirá, 1760Hz y así sucesivamente. Es 440Hz por uno, por dos, por tres, por cuatro... Pero cada instrumento le dará a cada armónico una intensidad particular. Es por eso que podemos percibir la misma nota, formada siempre por las mismas frecuencias, pero cada instrumento le imprimirá su propia firma alterando las proporciones de los armónicos entre sí. A quienes nos gustan los sintetizadores podremos reconocer la diferencia tímbrica de cada sonido que armamos partiendo de distintas formas de onda. Podríamos decir que la sumatoria de todos los formantes del sonido La, si bien tienen las mismas frecuencias aunque provengan de distintos instrumentos, tienen entre sí distintas amplitudes. Y al sumarse en nuestro tímpano se reducen a una sola onda que se puede graficar de manera específica para cada instrumento como si fuera una firma manuscrita o una huella dactilar. 

Hasta acá, las cuatro características fundamentales del sonido: altura, duración, intensidad y timbre, y con independencia de si ese sonido resulta en una nota o en un ruido. Sin embargo podríamos agregar una quinta característica que evalúe el comportamiento del sonido a lo largo del tiempo. Hay sonidos que ganan volumen gradualmente, mientras que otros comienzan inmediatamente con una intensidad alta. Algunos sonidos pierden intensidad gradualmente, mientras otros mantienen su volumen y desaparecen por completo de manera abrupta. Hay instrumentos, como muchos aerófonos, en donde el comportamiento del sonido puede ajustarse a la voluntad del músico a cada momento, mientras que hay otros, como el piano, en donde una vez ejecutada la nota hay poco que el pianista puede hacer para afectar su intensidad. 

Y para ir cerrando, una adivinanza: Si me nombran, desaparezco.

Claro que podemos definir al silencio como la ausencia de sonido. Pero esto parece no hacerle justicia al poder que el silencio tiene en la música. Incluso en el discurso. Es el blanco en la pintura, el aire en la arquitectura, la página vacía de un libro… Pero de manera más importante es el espacio en el que respiramos al hablar. Es el recreo en el que meditamos sobre lo dicho y preparamos lo que sigue. Hay tensión en el espacio en blanco, y por eso decimos que en la música los silencios también se tocan. Después de todo, no hay nada que resalte más una nota que anteponerle un ...

Marcelo "Chuffi" Siutti