Ayer que volví a ver a mi sirena triste y sin voz, pensé en que le faltaba drama, así que le di una última manita de gato y así acabó, con el canto roto, el rímel de impacto corrido y desolada, como el daimón suicida que es.

Perséfone se apiade de su dulce y quebrantada ternura.