Despiertas con el sobresalto que causa el despertador y, como cada mañana, te preguntas si realmente necesitas ese trabajo, como todas y cada una de tus mañanas.

De pronto, un suave golpe reclama atención a los pies de tu cama, es ese gato, que por más que lo acicales no deja de parecer un prófugo de algún centro de desintoxicación.

Tras un corto baño de agua fría, porque una vez más el calentador no hizo su trabajo, acudes aprisa a quitar del fuego aquella vieja tetera que exige jubilación, comienzas a sopesar las opciones: Pan tostado o galletas sin sal, esta dieta podría ser más fácil si tus triglicéridos no hicieran fiesta cada vez que te pasas con el tocino.

Una mañana más, que vuelve a parecer la fotocopia del día anterior, te hace desear el fin del mundo.

Quizás eso podría ponerle un poco de sabor a esta vida gris, tan monótona que se balancea entre deudas quincenales y el consuelo de las borracheras de fin de semana.

Anhelas que algo cambie.

¡Lo que sea!