Desde que era niña le he tenido miedo a mi cuerpo y eso a su vez me hizo dejar de sentir el dolor. Pero esta historia como todas, va por partes.

Parte I

Soy hija de dos personas que se odiaban tanto como se amaban. Fui la hija pegamento, pero si tuviera que ser de una marca, sería de esa que no tiene ni etiqueta, como de pegamento blanco que parece más engrudo diluido. Me percibía incorpórea y casual. Intercambiable.

Nací con el cordón umbilical en el cuello y una falla cardíaca. Una de las conexiones que iba del corazón al pulmón no se me cerró, así que seguía llegando sangre a mis pulmones. Me ahogaba en mi misma.

Parte II

Soy hija de dos personas que se amaban tanto como se odiaban. Fui la hija esperada y su decepción y preocupación al tenerme en sus brazos a punto de morir todo el tiempo fue tan grande como su espera: toda esa presión por la cercanía era casi una premonición de lo lejos que estaríamos todos un día. Dicen que en algún momento me dolía tanto todo que dejé de llorar.

Durante dos años en mi casa se turnaban para cuidarme porque me quedaba sin oxígeno y vomitaba sangre.

Al parecer todos fueron a una escuela para respirar a la que yo no entré.

Parte III

Soy hija de dos personas que se amaban. Fui la hija consentida que nunca sabían cuánto iba a durar viva, así que colmaron de cuanto placer encontraron en el mundo, colmaron a mi cuerpo de todo estímulo que era posible recibir de manera amorosa para compensar la incertidumbre.

Al segundo año, un día, me revisaron la bomba. A corazón abierto. Levantaron mi brazo de tal forma que se despegó de mi cuerpo y solo así pudieron intervenirme.

Mamá tiene un trauma con las mariposas porque me vio durante dos meses y medio tendida como una y amarrada en una cama de hospital, inmóvil. Como en un exhibidor.

Parte IV

Soy hija de dos personas que se odiaban. Fui la causa de peleas e irritación por desvelos de ansiedad cuando gracias a los dos años previos de dolor, aprendí a no quejarme de nada. Nunca sabían si estaba dormida o a punto de morir. Aún no sé si el proceso de estar siempre alerta viene incluido en la bomba-corazón que me asignaron cuando nací.

Eventualmente la herida sanó pero los dolores punzantes sin sentido siguen aquí. Ningún doctor atinaba a decir nada más que "es normal" "sólo queda esperar" y nunca he sabido ser quieta.

Empecé a nadar en categorías infantiles de natación cuando me di cuenta que dejar de respirar me ayudaba a dejar de doler.

Parte V

Soy hija de dos personas. Fui 25% parte de una separación definitiva cuando mis padres tuvieron otro hijo pegamento, pero él tenía unos pulmones bomba y fue pritt que tampoco pegaba. En esa casa sin hogar ambos dejábamos de respirar para dejar de doler. Dejamos de llorar para no preocupar para no desvelar. Dejamos de ocupar espacio para no estorbar.

Aprendí entonces Ballet y el sigilo se volvió parte del cómo habito el mundo: siempre a placer de los otros, a su medida, sin ocupar demasiado y sin existir mucho. Sonando menos y soñando a penas, pero mis pies no eran tan fuertes como mis ganas de colaborar y un día fallaron. Me lastimé la cadera. Recordé no llorar y olvidé cómo era el dolor.

Tuve una cadera-rompecabezas que no tenía modelo para armar. Me sentí muchas veces como animal disecado en estantería.

Parte VI

Fui hija de dos. Fui niña-cuidadora con cara y peinados del cuadro de honor en cualquier materia que veía. En la escuela relamían tanto mi cabello que mi frente parecía pizarrón y pecera al mismo tiempo. Podías anotar tus pendientes y los haría, podías ver mis pensamientos y desecharlos.

Con el tiempo ambas cosas se sentían tanto que recordé qué era doler. Después lo olvidé cuando en cada firma de boletas me daban el premio del cuento de la familia feliz.

Los señoros terapeutas muy terapéuticos decían que era muy temprano para tener migrañas, casi tan temprano como para "ser brillante"

Parte VII

Fui hija. Fui niña estrella que aprendió que su valor radicaba en cómo brillaba a ojos externos. Soy buena leyendo a la gente porque me acostumbré a tener que adivinar qué querían de mí. Pero nunca supe identificar cuando querían algo de mi y no a mi.

Eso me llevó a las manos de alguien que buscaba perforarme como calle a remodelar y no verme como proyecto. Así que terminé brillante, translúcida, amorfa y con tantos agujeros que casi cabía el llanto.

Aprendí a callar y no doler para sobrevivir.

Parte VIII

Fui. Fui estudiante-adivina que veía su futuro como una salida. Así que tomé cada cuerpo como puerta de emergencia pero al parecer siempre estaba del lado equivocado y en lugar de salir, entraba.

La necesidad de seguir abriendo puertas me llevó a un estado emocional tan áspero que mi cuerpo colapso con pequeños volcanes en la piel.

Aprendí a no apretar mi cuerpo y a renunciar a las ventajas de estar ceñida para no doler.

Parte IX

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No hay. No existo.

Parte X

Fui. Fui mujer en blanco.

Comencé a hacer post its en mi piel buscando un recordatorio de todo lo que no debía olvidar y como prueba aún existía. Hice bocetos de historias que veo todos los días y a veces quisiera no recordar. Intercambié sensación por recuerdo.

Olvidé quién era

Y nunca descubrí que sentía

Parte XI

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No hay salida de emergencia de un cuerpo inerte

Parte XII

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No sentir dolor es otra forma de decir que no se siente nada

Parte XIV

No fui. No fui nada durante años porque no sentí nada. Reaccionaba mi cuerpo por inercia. Accionaba desde el automático de los otros. Andaba por el mundo como caja de sepulturero, como muñeca de cuerda. Sin serpientes, sin botas.

Parte XV

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No hay entrada de emergencia a un cuerpo habitable

Parte XVI

Estoy siendo huérfana. Estoy siendo desde la ausencia de mi padre. Un día, sin dolor, dejó de respirar. Sus tres hijos tuvimos el proceso de su despedida terrenal.

El más chico tuvo la ida. Vio cómo todo se marchaba de sus ojos.

El mediano tuvo la carga. Llevó su cuerpo como un costal a los brazos de su madre.

Y yo, que quemé todo rastro de su existencia en cada casa, en cada habitación y cada cuarto.

Abrí la última puerta y encontré un botón.

Era el dolor.

Parte XVII

Soy huérfana. Soy quien al levantar un botón de camisa en el suelo encontró un también el dolor que tantos años el cuerpo ha evitado sentir.

El ardor de cuello de un cordón natal. Un corazón-bomba roto en dos. Una respiración inacabada con augurio de sangre. Una cicatriz en la espalda que arde como hierro encendido. Un dolor en el pecho con una forma de carámbano. Un tobillo móvil como rueda de silla. Una cadera rearmada que se cuarteaba. Una frente-pizarrón-pecera que implotaba de soñar ser vacía. Un cuerpo intangible perforado sin resane. Una colección de salidas de emergencia de lugares a los qué nunca fui invitada, mucho menos bienvenida. Unos volcanes en la piel que no me permiten vestirme nada que no me oculte. Una aguja que traspasa sin perforar y marca eventos en la piel. El vómito que descubrí para canalizar el dolor en "algo que pudiera controlar"

Entonces decidir existir y quedarme inmóvil para por fin escuchar esta casa-cuerpo-corazón-raíz-cabeza-sueño-pies-templo

Parte XVIII

Habito mi herida.

Intento escucharla.

A veces no tengo la posibilidad y capacidad de escuchar todo lo que tiene que decirme. Pero acompaño este cuerpo que en iguales cantidades me permite vivir el mundo y a su vez me impide experimentarlo.

Parte XIX

Existo.

Existo en mi herida y procuro atenderla.

Aprendo y reconozco cómo se manifiesta en mi cuerpa y cómo elige en días no hacerlo. Intento reconectar esos espacios en blanco para cambiar el "no siento" por el "presiento" y ver si me lleva a otras formas de respirar.

Parte XX

Le tengo miedo a mi cuerpo.

Elijo no callarlo.

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Le tengo miedo a mi cuerpo que duele y descubrir que estoy sintiendo a pesar de no reconocer el dolor. Miro a los ojos las historias del espejo en el espejo y empiezo a ver en la deriva un poco de esa que también soy aunque no la reconozca.

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Tengo un cuerpo.