Extiendo los brazos. La luz platinada de mi reina me envuelve. Mi piel brilla; mi corazón aletea como una mariposa que recién descubre su libertad. Dejo que el poder fluya desde lo más profundo de mis entrañas. El viento sopla; me sonríe. Mis labios se curvan en respuesta a su alegría. Las palabras brotan de mis labios. Las estrellas titilan dispuestas. El deseo se ha de cumplir. El fuego se enciende. El conjuro sigue el curso que le indico. La magia avanza, indetenible. —¡Bruja! ¡Eres una bruja! —Me vuelvo. El cielo se cubre de nubarrones. Las antorchas vienen hacia mí. Mi mente titubea una fracción de segundos. No es posible. Corro con el pulso acelerado. Mis pies descalzos se hunden en la tierra. La lluvia cae; es la diosa que llora; las estrellas ya dieron su veredicto. Me niego… no quiero arder como mis hermanas. Los gritos se aproximan. Tropiezo… caigo arropada entre los arbustos que protegen al roble ancestral. Alzo mi voz en una plegaria desesperada. Mis ojos buscan entre la densa oscuridad. Su dulce rostro me observa escondido tras la luna. Distingo sus facciones. Mi angustia encuentra sosiego. —Concederé tu deseo, querida mía. —su dulce voz me serena. Cierro los ojos. Me entrego entre resignada y agradecida. Mi alma se eleva. Mi cuerpo se transforma. Hombres y mujeres pasan delante de mí. Percibo su ira; la frustración que queda después de rozar el anhelo con la yema de los dedos. Gritan con los rostros desfigurados. Me pregunto qué será lo que buscan con tanto ahínco. Una mujer tropieza. Mis delicadas hojas se doblan. Me gustaría estirarme y clavarle las espinas que rodean mi tallo. Lo intento; no obtengo resultado. Lo dejo estar. No merece la pena el esfuerzo. Los humanos se alejan. La lluvia se torna una caricia. Despliego mis encantos. Me alegra haber florecido justo esta noche.