Los chicos van a la escuela, pero no aprenden. De hecho, cada vez aprenden menos. Cada vez se embrutecen más. Y esto tiene relación con lo que viven sus padres. 

Como el dicho que dice “de tal palo, tal astilla” o su equivalente en inglés “like father, like son”, heredamos características de nuestros padres. Y si bien heredamos aspectos positivos y negativos, son los negativos aquellos que, o prevalecen, o más se muestran. Heredamos la miopía antes que heredar una visión 10/10. Heredamos diabetes antes que una genética increíble. Heredamos roncar y apnea en lugar de un sueño profundo y placentero. Y los ejemplos pueden seguir…

Con la educación pasa lo mismo. Si uno de nuestros padres es bueno con los números y el otro no, nosotros no seremos buenos con los números. 

Y padres violentos crían hijos violentos. 

Si juntamos las dos últimas variantes, y le agregamos la pobreza a la que tristemente nos acostumbramos, tenemos un cóctel explosivo: chicos embrutecidos y violentos. Justifican la violencia con lo brutos. O lo brutos con la violencia. O ambos. 

Y así se dan situaciones de violencia en las escuelas, en donde un maestro no puede retar a un chico porque el chico se enoja y le pega al maestro o le dice a sus padres y sus padres esperan a que el maestro salga de trabajar para golpearlo.

El maestro no puede retar al alumno, el alumno hace lo que quiere, el descontrol se apodera de la clase, el alumno no entiende/aprende, el padre se enoja... la culpa es del maestro.