Esa extraña sensación de sentirse en casa en un territorio que no es el tuyo.

Tampoco es que esas cordendas de las que vienes le pertenezcan a nadie, pero queda explícito que te representa.

Me asomo por la ventana del colectivo (si, el autobús) y reconozco mi barrio, sus aromas, sus transeúntes y energía.

Es particular esa sensación. Es que llega un momento en el que empiezas a darte cuenta que hablas como ellos.

Ya no me ocupo pensando en el equivalente del modismo que uso, sino en que se entienda.

He empezado a apañarme tanto a la cultura que hasta el hábito del desayuno lo dejé ir. Ahora tomo la merienda, voy a asados y quedo manija con la movida cultural de esta ciudad.

Ando por la calle despreocupada por mi apariencia, diciéndome: "Soy quien soy y me visto como me visto". Ahora entiendo la sororidad, expreso lo que pienso porque ya no hay nadie que se alarme porque tengo una opinión y sin interesarme por la aprobación. Vencí el miedo a la soledad en este lugar, que irónicamente, está repleto de personas.

Empecé a tener convicciones y cuidarme más. Buenos Aires no es idílica, ni utópica, ni perfecta. Es caótica, violenta, egoísta, morbosa e histérica. Otros días, se llena de color, carisma, del saludo en cada negocio en el que compras y de esa familiaridad despegada.