Recuerdo cuando de adolescente quería ser artista, 

como mamá. Me imaginaba en un estudio grande, con las paredes internas de ladrillos, ventanas amplias por donde entrara luz y una repisa amplia con todo lo que pudieras imaginar. 

Estaban cerca los exámenes vocacionales. Sentí como si hicieras girar el mundo al revés. Mi papá comenzó su campaña de persuasión. Y si elegía contaduría, como él. Después vino la etapa de relaciones internacionales. 

Ser artista ya no era importante. Yo que anhelaba y el que me iba sacando los ladrillos de mi estudio de arte. 

Mamá, ni se inmutó. Era la misma figura ausente. 

Mi confusión era tan grande que ya ni sabía. Terminé en el lugar menos pensado y en la carrera que ni cerca estaba. 

Papá solo quería un título más para presumir y una hija trofeo para pasear. 

Yo, confundida, solo seguí. 

No quería modelar ni presumir. 

Nunca fui ni seré eso.