El pasado nos acosa como el matón del colegio que quiere que te subleves a su poder, empequeñeciendo cada día de tu existencia. Te olvidas de quién eres y transformas todo en miedo.

De vez en cuando llegan momentos de lucidez y es ahí, cuando te das cuenta, del poder que le otorgaste a un fantasma que ni siquiera existe. Se sufre a tal punto que eres capaz de cavar tu propia tumba por la supuesta imposibilidad de lograr la libertad.

He estado ahí, millones de veces.

No tiene sentido.

En ese sitio oscuro no existe el tiempo y se experimenta todo como una eternidad. Lo curioso de todo esto es que a pesar del infierno en el que estés internalizas la falsa idea de que no hay herramienta ni solución visible.

El ciclo de conocer desconocidos comienza. Sin saber exactamente qué hacer estás ahí ante alguien prometiendo no joderle la vida.

Irónico ¿cierto?

Acto siguiente, llorar. Incontrolable dolor traducido en agua que brota descontroladamente de tus ojos, y acompañado de la sensación de una bota que te aprieta el pecho.

Pasas días, semanas, meses cargando con la cruz de lo inmaterial, por un camino fangoso que no te deja levantar bien los pies ni las piernas.

Lucha

Guerra

Pelea.

Caes en cuenta de que ante tanto caos, amas. Inconmensurablemente.

Desmedidamente.

Incondicionalmente.

Que la historia sin fin de rupturas y noviazgos es complicada pero hermosa. Que a pesar de todo, eres capaz de besar su frente, agarrar sus manos y guiarle por el camino iluminado, incluso cuando une esta transitando la oscuridad.

Abriendo el alajero musical, guardas ese preciado tesoro. No quieres que nadie vea ese objeto reluciente.

Capaz lo luzcas en un momento especial o lo sepultes hasta el fin de los tiempos.

Es que amar, para mí, es un don otorgado por los dioses, porque sana al enfermo y rejuvenece a los corazones viejos.

Te hace vulnerable,

Sensible,

Distinto,

Te hace sabio.

La lucha se acaba, te riendes, te sublevas y de a poco empiezas a ser semilla de alimento para el futuro.